Misión respuesta

No puedo evitarlo, ¿cómo puede uno dejar de hacerse preguntas sin respuesta?.

Lo estoy haciendo, siempre vuelven. No temo las respuestas, ni yo misma sé que contestarme a muchas de ellas y mientras  encuentro algo a modo de respuesta aparece otra complicándome llegar a la solución, a la tarde, al trabajo, a los amigos como ella, socarrona “riéndome” porque hago esas preguntas directas a un callejón sin salida, esas que mantienen en vilo la mirada del sentado en la mesa contigua pero con su oreja en la nuestra pasando a ser sufridor silencioso de interrogantes en rojo para los que no tiene más respuesta que menear la cabeza de izquierda a derecha y antes de que otro él o ella venga a decirme que no tengo norte, lo que si tengo es otra en la punta de no sé dónde luchando por abrir mis labios y ser sonido ininteligible.

Así he sido, ese incordioso grano en el buen asiento del que le tocaba desde que empecé a tropezar con las esquinas de todos los muebles que se cruzaban en mi camino intentando mantener un equilibrio del que no estoy dotada,  porque eso sí, en mi casa alrededor de mis pequeños pasos cobraba vida todo lo que para otros era fijo, o mejor dicho, casi nada dejaba paso a mi vida sin hacerla caer varias veces antes.

Tengo la ¿certeza? de que hay mucha gente a la que le ocurre lo mismo, que se pregunta sin respuesta, que se pregunta en “raro” aunque posiblemente con redacción más pulcra y menos dispersa.

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